Cuadernos de Nuestra América/Nueva Época/No. 019 /abril-junio, 2026/
RNPS: 2529 /ISSN: 2959-9849/ 154 pp.
Fidel Castro y la cultura cubana: concepciones, política cultural y la batalla por la soberanía
Fidel Castro and Cuban Culture: conceptions, cultural policy and the battle for sovereignty
Embajador Pedro Monzón Barata
Centro de Investigaciones
de Política Internacional (CIPI)
La Habana, Cuba
Fecha de recepción: marzo de 2026
Fecha de aprobación: marzo de 2026
Fecha de publicación: junio de 2026
Resumen
El artículo analiza el papel protagónico de Fidel Castro en la formulación e implementación de la política cultural cubana, con énfasis en su concepción de la cultura como pilar de la soberanía nacional y dimensión constitutiva de la Revolución. Se examina el principio fundacional establecido en 1961 y su evolución, para luego abordar la proyección internacional de la cultura cubana como eje estratégico. A través del estudio de los vínculos con intelectuales europeos y latinoamericanos, y con un enfoque particular en el diálogo con Estados Unidos, se demuestra cómo la cultura se convirtió en una trinchera de ideas para contrarrestar el bloqueo y construir solidaridad. Para finalizar, se aborda el legado de esta estrategia en iniciativas como la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad (REDH), reafirmando la vigencia del pensamiento de Fidel Castro en el contexto de su centenario.
Palabras clave: Fidel Castro, política cultural cubana, soberanía cultural, relaciones internacionales, bloqueo, intelectuales.
Abstract
The article analyzes the leading role of Fidel Castro in the formulation and implementation of Cuban cultural policy, emphasizing his conception of culture as a pillar of national sovereignty and a constitutive dimension of the Revolution. It examines the foundational principle established in 1961 and its evolution, then addresses the international projection of Cuban culture as a strategic axis. Through the study of ties with European and Latin American intellectuals, with a particular focus on dialogue with the United States, it demonstrates how culture became a trench of ideas to counter the blockade and build solidarity. Finally, it discusses the legacy of this strategy in initiatives such as the Network of Intellectuals, Artists and Social Movements in Defense of Humanity (REDH), reaffirming the relevance of Fidel Castro’s thought in the context of his centennial.
Keywords: Fidel Castro, Cuban cultural policy, cultural sovereignty, international relations, blockade, intellectuals.
El principio fundacional
El principio fundacional de la política cultural cubana se apoya en la frase de Fidel Castro en 1961: "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada" (Castro, 1961). Esta fórmula establece una distinción política, no estética, clave para comprender la evolución cultural de la Revolución. Fidel no exigía un arte militante, sino que la creación no se convirtiera en instrumento contrarrevolucionario, permitiendo así expresiones diversas, desde las comprometidas hasta las espirituales o experimentales.
Ofreció una plataforma de inclusión amplia: aseguró que los artistas no revolucionarios tuvieran espacio para crear (Castro, 1961) y abrió la posibilidad de acercarse a los ideales revolucionarios (Castro, 1961), siempre evitando dogmatismos. El límite es político y, pese a desviaciones contingentes como el "quinquenio gris", este principio ha permitido a la cultura cubana desarrollar una trayectoria original y fecunda.
Sobre esta base, Fidel concibió la cultura como pilar de la soberanía nacional y dimensión constitutiva de la Revolución, articulando la formación integral del ser humano, la defensa de la identidad y la proyección internacional. Asumiendo la máxima martiana de que "ser cultos es la única forma de ser libres", estableció una relación dialéctica entre cultura y libertad desde una noción ampliada de cultura —científica, técnica y humanística—, en la que la justicia y la solidaridad operan como condiciones previas, invirtiendo así la lógica liberal que la reduce a mera acumulación de conocimientos. En un contexto de permanente asedio, concibió, además, la cultura como escudo y espada de la nación, como trinchera de ideas. De ahí que durante el Período Especial afirmara que "la cultura es lo primero que hay que salvar", jerarquizando lo simbólico sobre lo material en un pronunciamiento político sin precedentes.
La democratización cultural fue el pilar esencial: el arte debía ser patrimonio del pueblo, transformando las condiciones sociales y de producción para que el talento popular emergiera. En este contexto, Fidel insistió en rechazar tanto el elitismo como el populismo vulgar, apostando por una dialéctica ascendente donde el artista mantiene la excelencia mientras el pueblo eleva su nivel cultural. En coherencia, impugnó el realismo socialista, posición expresada en las Palabras a los Intelectuales y respaldada con gestos como publicar El Quijote —primer libro de la Imprenta Nacional—, autorizar también la impresión de Paradiso —de José Lezama Lima— y por muchos otros hechos probatorios.
Para Fidel, la Revolución misma era el más trascendente hecho cultural, al implicar la transformación de la subjetividad y avanzar en la formación del "hombre nuevo". Esta visión se materializó en una densa infraestructura: en 1959 se crearon el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico (ICAIC) y la Casa de las Américas; se estableció una red nacional de escuelas de arte y se revalorizaron expresiones afrocubanas. El Estado actuó como mecenas: restituyó la subvención al Ballet Nacional, creó la Imprenta Nacional, impulsó la Campaña de Alfabetización en 1961, fundó el Ministerio de Cultura, consejos nacionales por especialidades, y museos, galerías, casas de cultura, bibliotecas y teatros en cada provincia. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC, 1961) agrupó a la intelectualidad con pluralidad estética y política, consolidando un sistema integral de promoción cultural junto a la Asociación Hermanos Saíz y las Brigadas José Martí.
1. La proyección internacional: eje estratégico de la Revolución
Gracias a este proceso, la cultura cubana se transformó en una sólida fortaleza nacional y, simultáneamente, en un factor de influencia y admiración a escala global. Bajo el liderazgo protagónico de Fidel Castro, esa infraestructura cultural y el capital simbólico acumulado se transformaron en el cimiento de una proyección internacional deliberada y estratégica.
En un contexto de asedio permanente por parte de Estados Unidos, que incluyó invasión, sabotaje, terrorismo, aislamiento diplomático y bloqueo económico, la cultura se convirtió en instrumento privilegiado para tender puentes, seducir conciencias, quebrar el cerco informativo y proyectar una imagen de Cuba que contrarrestara las narrativas hostiles fabricadas por los grandes medios.
Fidel comprendió con una claridad excepcional que la batalla contra el bloqueo no se libraba solo en el terreno económico o diplomático, sino igualmente en el terreno simbólico y cultural. Entendió que la extraordinaria capacidad de influencia de la cultura cubana promovida por la revolución —su música, su cine, su literatura, su ballet, sus artes plásticas, su deporte—, respaldada por su propia autoridad intelectual, su carisma personal y su disponibilidad para el diálogo, podía convertirse en un arma de comunicación directa con los pueblos del mundo, especialmente con el pueblo estadounidense, a quien siempre distinguió del gobierno y las políticas hostiles.
Por eso, dedicó innumerables horas de su abrumadora agenda a los intercambios culturales de todo tipo: conversaciones con intelectuales, recepciones a artistas, diálogos con estudiantes, visitas a delegaciones, entrevistas con periodistas. Sabía que cada hora invertida en ese diálogo directo rendía frutos incalculables en la erosión de los estereotipos y en la construcción de solidaridad.
2. La Habana como capital simbólica: el diálogo con Europa
Desde los primeros años, La Habana se transformó en una meca para la intelectualidad europea, especialmente la francesa. Fidel recibió a figuras como Gérard Philipe (1959), Sartre y Beauvoir (1960) y Agnès Varda [(1963), Fundación Fidel Castro, s. f.], en largas conversaciones donde desplegaba su capacidad de seducción intelectual. Jack Lang, ministro de Cultura francés, señaló que las primeras medidas de la Revolución seducían irresistiblemente a quienes soñaban con otra sociedad (Lang, s. f.). Cada visita constituía un acto de legitimación internacional que contrarrestaba la campaña de desprestigio desde Washington.
3. Los impactos en Nuestra América
Paralelamente al diálogo con Europa, y con una intensidad aún mayor, Fidel tejió una densa red de vínculos con intelectuales y artistas latinoamericanos, muchos de los cuales se convirtieron en amigos personales, colaboradores permanentes y defensores incondicionales de la Revolución en sus respectivos países y en los foros internacionales.
Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, mantuvo una amistad cuasi familiar con Fidel durante décadas. Dejó múltiples testimonios escritos y orales: destacó su capacidad para tener un idioma para cada ocasión, su habilidad para ocupar todo el espacio cuando entraba en un lugar, su estado de gracia irresistible cuando se apoderaba de la audiencia en sus discursos (García Márquez, 1998).
Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo, ofreció un retrato poético y combativo que circuló por todo el mundo:
Sus enemigos no dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión, que enfrentó a los huracanes de igual a igual, de huracán a huracán, que sobrevivió a 637 atentados, que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria (Galeano, s. f.).
Junto a ellos, una constelación de figuras de primer orden encontró en Cuba espacio de acogida, estímulo y amistad: Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Oswaldo Guayasamín, Pablo González Casanova, Rafael Alberti, Frei Betto, cuyo diálogo contribuyó decisivamente a superar la inicial desconfianza hacia los creyentes y abrió el camino a una relación más madura entre Revolución y fe.
4. La relación con Estados Unidos: campo de batalla decisivo
Fidel Castro comprendió desde muy temprano, con su conocida lucidez estratégica, que el diálogo directo con personalidades y el pueblo estadounidense constituía un campo de batalla ideológico muy importante para la Revolución. Si se lograba que sectores significativos de la población de Estados Unidos conocieran directamente la realidad cubana, más allá de los estereotipos y la propaganda, se estaría erosionando la base social de apoyo al bloqueo y se estaría construyendo un poderoso contrapeso a la política de hostilidad impulsada por los sectores más reaccionarios. Por eso dedicó innumerables horas de su tiempo a los intercambios culturales de todo tipo con ciudadanos estadounidenses, convencido de que la verdad de la Revolución, mostrada sin mediaciones y con la fuerza de los hechos, era el mejor antídoto contra la mentira.
4.1. Los cimientos históricos y el primer acercamiento (1959)
Había abundantes antecedentes de relaciones e interinfluencias en el terreno de la cultura, en especial en la música, desde mucho antes del triunfo de la Revolución. Sobre esos cimientos históricos de entendimiento cultural entre países vecinos, la Revolución decidió construir una estrategia deliberada de acercamiento al pueblo estadounidense. Apenas tres meses después del triunfo, Fidel Castro asumió personalmente esa tarea con una visita a Estados Unidos que marcó un precedente fascinante y revelador de su concepción del diálogo directo con el pueblo estadounidense. En su paso por Washington y Nueva York dejó ver una imagen de naturalidad, accesibilidad y simpatía que desarmaba cualquier estereotipo. The New York Times editorializó impresionado: "Este joven es más grande que la vida" (Sitio oficial Fidel Soldado de las Ideas, s. f.; Ruggiero, 2008). Un periodista escribió que incluso los escépticos quedaban "aturdidos" por su presencia, como si hubiera llegado "no solo de otro mundo, sino de otro siglo: el siglo de Samuel Adams, Patrick Henry, Tom Paine y Thomas Jefferson" (Sitio oficial Fidel Soldado de las Ideas, s. f.; Ruggiero, 2008).
4.2. Fidel, Harlem y la solidaridad afroamericana
En septiembre de 1960, la delegación cubana encabezada por Fidel Castro, que había llegado a Nueva York para participar en la XV Asamblea General de la ONU, fue prácticamente expulsada del Hotel Shelburne, donde había reservado, lo que pretendía ser un revés diplomático, como parte de la campaña de Estados Unidos por aislar a la Revolución Cubana. Pero Fidel lo transformó en una victoria simbólica de dimensiones históricas. Al aceptar la invitación de líderes afroamericanos para alojarse en el Hotel Theresa, en el corazón de Harlem, convirtió un acto de hostilidad en una plataforma para denunciar la hipocresía del gobierno estadounidense y, simultáneamente, tender puentes con la comunidad negra y el movimiento por los derechos civiles. El gesto trascendía lo protocolario: Fidel establecía una identificación entre la Revolución Cubana y las luchas antirracistas en Estados Unidos, encarnadas en figuras como Malcolm X, con quien sostuvo un diálogo que marcaría un precedente. "Me siento como alguien que camina por un desierto y de repente encuentra un oasis", declaró desde el balcón del hotel, y añadió: "Cualesquiera que sean las dificultades que surjan, siempre habrá amor por el pueblo de los Estados Unidos" (Cubaminrex, 2025). Aquellas palabras no eran retórica. En consonancia, Harry Belafonte, figura emblemática del cine estadounidense, se convertiría en un solidario permanente, y su afirmación de que "Fidel es único en su tiempo" (Cubaminrex, 2025) expresaba un vínculo que desbordaba lo político para instalarse en el terreno de la empatía humana y el reconocimiento mutuo.
4.3. La curiosidad intelectual y el cine como espacio de encuentro: Francis Ford Coppola
La capacidad de Fidel para seducir desde la curiosidad intelectual y el humor quedó ejemplarmente demostrada en 1976, cuando Francis Ford Coppola visitó Cuba por primera vez. El director de la saga El Padrino, que había investigado exhaustivamente la isla para su película, sin poder filmarla allí debido al bloqueo, llegó con una mezcla de curiosidad y escepticismo. Lo que encontró lo deslumbró: "La gente parecía estar conectada entre sí con una singularidad de propósito muy reconfortante", observó, y añadió que el logro más importante era "haber hecho de la educación su prioridad número uno" (Scheer & Lyne, s. f.).
Pero fue en su segunda visita, en 2015, ya como instructor invitado en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), fundada por Gabriel García Márquez y Fidel, cuando Coppola recordaría una anécdota que revelaba el talante del Comandante. Al evocar aquel primer encuentro, contó que Fidel le había dicho: "Me gustaría hacer una copia de El Padrino II para verla en Cuba". Coppola respondió que no era el propietario, pero que por él no había problema. "Bien —replicó Fidel con una sonrisa—, porque lo hicimos anoche" (Scheer & Lyne, s. f.). La anécdota, conocida treinta y nueve años después, añadió un manto de humanidad que ningún documental podía transmitir: la soberanía cultural no era para Fidel una consigna rígida, sino un espacio de interlocución creativa donde el humor y la naturalidad desactivaban cualquier solemnidad. Coppola regresaba a Cuba no solo como instructor, sino como alguien que había experimentado que, más allá de las diferencias políticas, existía un terreno común donde el cine, la educación y la pasión por el ser humano podían encontrarse.
4.4. Los años noventa: el desafío cultural
Así como Fidel transformó la expulsión del Hotel Shelburne en una victoria simbólica desde Harlem, y del encuentro con Coppola emergió una relación donde el humor y la humanidad desactivaban la hostilidad en los años noventa, la Revolución volvió a apostar por la misma convicción: la cultura y la educación eran armas más poderosas que cualquier ley restrictiva. La Ley Torricelli de 1992 pretendía aislar mediante el reforzamiento del bloqueo mientras reconocía explícitamente los contactos "pueblo a pueblo" como vía para ejercer influencia subversiva (Cuban Democracy Act, 1992); Cuba respondió abriéndose al diálogo directo, convencida de que la solidez de su cultura, su educación y sus valores revolucionarios resistiría cualquier contraste con la realidad.
4.5. La música como puente: el proyecto Music Bridges
El proyecto Music Bridges (marzo, 1999) materializó esta apuesta con visibilidad sin precedentes: por primera vez en cuarenta años, un centenar de músicos de ambas naciones se reunieron en La Habana. Bonnie Raitt, Jimmy Buffett y los Indigo Girls, entre muchos otros, compusieron de conjunto y compartieron escenario con artistas cubanos del quilate de Silvio Rodríguez, Chucho Valdés, José María Vitier e Isaac Delgado. El concierto en el teatro Karl Marx, con la interpretación colectiva de "Bridge Over Troubled Water", adquirió fuerza poética. La prensa tituló: "Las murallas del embargo cayeron con el intercambio musical" (Cantor-Navas, 1999). Michael Franti exclamó: "¡Estamos cambiando los tiempos! En la música todos ganamos" (Cantor-Navas, 1999). Fidel, consciente de la trascendencia del momento, no se limitó a seguirlo de cerca: compartió personalmente con todos los músicos en una recepción en su honor en el Palacio de la Revolución, confirmando que el diálogo cultural era para él asunto de primer orden.
4.6. El aula flotante: Semester at Sea
La misma lógica operó con el crucero Semester at Sea, que permitió entre 1999 y 2004 siete encuentros de Fidel con cientos de estudiantes, en conversaciones de horas que desmontaban décadas de propaganda (Cubadebate, 2014). Un profesor comentó con asombro la profundidad del intercambio. Los estudiantes se reunían con jóvenes cubanos, visitaban escuelas y hospitales, y regresaban transformados. El mecanismo de inevitable influencia era idéntico: diálogos personales con Fidel, contacto directo con la realidad cubana, posibilidad de preguntar sin censura, evidencia de un sistema educativo que formaba masivamente médicos y maestros pese al bloqueo.
4.7. Fidel y la reevaluación histórica de la Crisis de Octubre
El mismo espíritu que animaba los encuentros musicales y los diálogos estudiantiles se trasladó, apenas unos años antes, al terreno de la memoria histórica y la alta política. Entre 1990 y 1992, y en paralelo a los intercambios que desafiaban el bloqueo en el terreno cultural, Fidel impulsó un diálogo de naturaleza distinta pero de idéntica convicción: solo el encuentro directo, sin intermediarios ni versiones oficiales heredadas, podía ayudar a desmontar los mitos de la Guerra Fría.
Antecedido por una reunión de intelectuales y políticos de Cuba, Estados Unidos y la URSS en 1990, la Conferencia Tripartita sobre la Crisis de los Misiles, celebrada en La Habana en 1992, constituyó un hecho sin precedentes. Por primera vez desde 1962, los protagonistas que habían llevado al mundo al borde del holocausto nuclear se sentaban juntos a conversar: Robert McNamara, secretario de Defensa durante la presidencia de Kennedy; Arthur Schlesinger Jr., asistente especial del presidente Kennedy; el general Anatoli Gribkov, artífice del despliegue soviético y Fidel Castro; acompañados por altos funcionarios y académicos cubanos, rusos y estadounidenses. Durante cuatro días, en el Palacio de Convenciones, intercambiaron versiones, hasta entonces secretas, confrontaron percepciones y reconocieron los peligrosos acontecimientos que estuvieron a punto de desencadenar la catástrofe.
Fidel, quien lideró el montaje de este trascendental evento, lejos de ser un espectador pasivo, intervino activamente en las discusiones. Polemizó particularmente con McNamara sobre las intenciones reales de Estados Unidos en aquellos días de octubre, aportando la perspectiva de quien había vivido el conflicto desde la isla que sería el escenario de la tragedia. En La Habana los protagonistas de la Crisis demostraban que la historia, cuando se confronta sin dogmas, también puede ser territorio de entendimiento. La magnitud del acontecimiento —exsecretarios de Estado, generales, historiadores eminentes, cuatro días de debates, revelaciones que reescribían la historia oficial de la Guerra Fría— evidenciaba que la estrategia de Fidel no se limitaba al terreno artístico o educativo: abarcaba también la interpretación del pasado, porque la soberanía cultural es, ante todo, soberanía sobre la propia memoria.
4.8. Fidel, solidaridad y cultura: las Caravanas de la Amistad
La concepción fidelista de la cultura como trinchera de ideas no se agotaba en los diálogos con intelectuales y artistas, ni en las grandes conferencias que reescribían la historia desde la academia y la política. Tenía también una dimensión de base, alimentada por un flujo de solidaridad popular que venía de la ciudadanía, comunidades religiosas y de barrios humildes de Estados Unidos, y que encontraba en Cuba una recepción muy cálida. Uno de esos distinguidos casos, justamente durante los años más duros del Período Especial, fue el papel desempeñado por la Fundación Interreligiosa para la Organización Comunitaria (IFCO), liderada por el reverendo Lucius Walker, quien organizó las Caravanas de la Amistad: recorridos por ciudades estadounidenses recolectando medicinas, leche en polvo, bicicletas, materiales escolares, biblias y todo tipo de ayuda humanitaria. Desafiaban abiertamente las leyes del bloqueo y cruzaban la frontera por Laredo, Texas, con un lema que sintetizaba la ética del movimiento: "el amor no paga impuestos" (Arce, 2021).
En 1993, la lucha alcanzó dimensiones épicas cuando varios caravanistas realizaron una prolongada huelga de hambre en la frontera para exigir la devolución de un ómnibus decomisado por las autoridades. Fidel, que los recibía regularmente en La Habana e intercambiaba con ellos como viejos amigos, encontró una vez más la metáfora exacta: "Creo que algún día ese ómnibus dejará de ser uno escolar para ir a un museo, como un moderno Rocinante, con sus flacos y gastados hierros, para convertirse en símbolo de la amistad, de la solidaridad, de la hermandad entre los pueblos" (Arce, 2021).
De aquella relación fraternal surgió el programa de becas para jóvenes estadounidenses en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM). Cientos de estudiantes de bajos recursos se han graduado hasta la actualidad, formándose como médicos con una visión solidaria que luego llevan a sus comunidades más necesitadas. Pero Fidel, con su mirada siempre atenta al poder simbólico, supo ver en aquel ómnibus algo más que un vehículo: leyó en sus "flacos y gastados hierros" la posibilidad de convertirlo en escultura, en pieza de museo, en monumento a la amistad entre los pueblos y gesto ante un noble movimiento religioso. Ese "moderno Rocinante" —como él lo bautizó— no era sino la síntesis perfecta de su concepción: la solidaridad hecha cultura, la resistencia hecha arte, la humanidad compartida elevada a símbolo perdurable.
4.9. Fidel, su influencia en testimonios de creadores estadounidenses
La misma capacidad de seducción se manifestó en el desfile de otras figuras prominentes que visitaron la isla. A Coppola y Belafonte se sumaron Redford, Spielberg, Pollack, Costner, Nicholson, Stone, Penn, Glover, Moore (Monzón Barata, s. f.). Pollack resumió:
Fidel Castro ya no es un personaje real sino que es más grande que la vida misma. Es un líder mundial extremadamente inteligente. Tiene gran valor histórico, pues ha sobrevivido a nueve presidentes de Estados Unidos y porque ha estado en contacto con la historia de una forma que no ha estado nadie que aún viva. Ha empujado el mundo hacia donde él cree que debe ir (Pollack, s. f.).
Schlesinger observó:
Fidel Castro no fomenta el culto a la personalidad. Es difícil encontrar un cartel o incluso una postal de Castro en algún lugar de La Habana. El ícono de la Revolución de Fidel, visible en todas partes, es el Che Guevara (Schlesinger, s. f.).
En el año 2000, dos gigantes de la literatura estadounidense, Arthur Miller y William Styron, compartieron también una jornada intelectual con Fidel y García Márquez. Miller, autor de Las brujas de Salem y Muerte de un viajante, declaró a la prensa: "Fue muy estimulante e interesante [...] habló de todo lo imaginable". Pero lo descolocó una percepción que no esperaba:
Y uno no pudo esquivar la percepción de un cierto aire de altanería y de firme confianza frente a Estados Unidos. Fue como si Cuba fuera la gran potencia y América un tipo de adolescente impredecible que tiraba piedras y rompía sus ventanas.
La frase de Miller, proveniente de una de las conciencias críticas de su país, condensaba en una imagen lo que los encuentros con Fidel revelaban una y otra vez: la seguridad del líder revolucionario no era arrogancia personal, sino la expresión de una soberanía cultural tan sólida que podía permitirse mirar de frente, sin complejos, a la potencia que llevaba medio siglo intentando doblegarla.
4.10. El éxito de los puentes culturales y la respuesta del bloqueo
El potencial de diálogo de los intercambios hizo que el retroceso resultara aún más revelador. Con George W. Bush en 2001, se restringieron drásticamente las licencias para viajes "pueblo a pueblo", impulsado por sectores ultraconservadores que veían con alarma los efectos de esos contactos (Monzón Barata, s. f.).
La evidencia acumulada a lo largo de décadas apunta a una conclusión difícil de refutar: los intercambios fueron cancelados precisamente porque demostraron ser "demasiado exitosos" para los intereses de la política de hostilidad. Prácticamente todos los visitantes —desde los estudiantes del Semester at Sea hasta los caravanistas de IFCO, desde Coppola hasta Miller— regresaban a Estados Unidos con una visión positiva y matizada de Cuba, que contrastaba radicalmente con la imagen de "enemigo" que la maquinaria propagandística necesitaba sostener. El contacto directo con la realidad cubana desactivaba los estereotipos, humanizaba al adversario y generaba simpatías que resultaban políticamente incómodas para quienes apostaban por el endurecimiento y la confrontación.
El patrón de hostilidad se agravó de manera exponencial con la llegada de Donald Trump a la presidencia y se reforzó durante su segunda administración. Su administración se propuso desmontar sistemáticamente los avances alcanzados durante el mandato de Barack Obama —quien había restaurado los vuelos comerciales, las licencias de viaje educativo y los cruceros, y había visitado la isla en 2016— mediante la imposición de más de doscientas medidas de endurecimiento del bloqueo (MINREX, varios años). Estas medidas no se limitaban a lo económico: cancelaron giras artísticas programadas, congelaron proyectos de colaboración cultural y académica, restablecieron las restricciones de viaje con una crudeza que recordaba los peores momentos de la Guerra Fría, y nuevamente incluyeron a Cuba en la espuria Lista de Países Patrocinadores del Terrorismo.
El mensaje era claro: lo que estaba en juego no era una disputa comercial o política convencional, sino la voluntad deliberada de impedir que el pueblo estadounidense conociera directamente a Cuba. Si los intercambios demostraban que, una vez derribados los muros de la propaganda, los ciudadanos comunes podían reconocerse mutuamente, establecer lazos de amistad y respeto, y descubrir que no eran enemigos, entonces esos intercambios debían ser cancelados. La cultura, que había demostrado ser el puente más eficaz entre ambos pueblos —desde el balcón de Harlem hasta el escenario del Karl Marx, desde las aulas flotantes hasta las conferencias trilaterales—, se convertía así en víctima privilegiada de una política diseñada para mantenernos separados.
5. Fidel y la REDH: la solidaridad intelectual y artística como eje
de resiliencia planetaria
La misma convicción que había llevado a Fidel a estos diálogos políticos, académicos y culturales alcanzó su expresión más ambiciosa en el nuevo siglo. Frente a la guerra contra Irak y el unilateralismo estadounidense en ascenso, Fidel impulsó una iniciativa de alcance planetario que llevaba la solidaridad intelectual y artística a una escala nunca antes vista. En 2003, en plena guerra de agresión contra Irak, nació la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad (REDH). Abel Prieto, quien estuvo a cargo de la ejecución, testimonia: "La red nació con el apoyo decisivo de Fidel, y luego de Chávez, ante las amenazas del imperialismo y la reacción internacional" (Paredes López, 2025).
Fidel estuvo directamente al tanto del diseño y todo lo que sucedía en relación con la Red. Su secuencia fundacional fue cuidadosamente articulada: el 1.o de mayo de 2003, Día Internacional de los Trabajadores, el reconocido intelectual mexicano Pablo González Casanova —quien fuera rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)— leyó el llamamiento fundacional "A la conciencia del mundo" desde la Plaza de la Revolución en La Habana, ante cientos de miles de personas (REDH, 2003). El primer encuentro tuvo lugar en Ciudad de México en octubre de ese año, con la participación de intelectuales de todo el continente, incluyendo a Evo Morales, entonces dirigente cocalero y futuro presidente de Bolivia (REDH, 2003). El Encuentro Mundial en Caracas (diciembre de 2004) reunió a representantes de 52 países, consolidando la red como una fuerza global (REDH, 2003).
Entre sus fundadores y miembros más destacados se cuentan premios Nobel como Rigoberta Menchú (Guatemala), Adolfo Pérez Esquivel (Argentina), Wole Soyinka (Nigeria) y Nadine Gordimer (Sudáfrica); líderes políticos como Evo Morales; e intelectuales de la talla de Pablo González Casanova, Theotonio dos Santos, Adolfo Sánchez Vázquez, Eduardo Galeano y José Saramago. La red llegó a alcanzar la adhesión de más de quince mil artistas, intelectuales, científicos y luchadores sociales de todos los continentes (REDH, 2003).
El Encuentro de Caracas enunció sus principios fundamentales: defensa del planeta, integración de los pueblos, economía solidaria, soberanía, unidad en la diversidad, cultura para todos, memoria y paz. Una idea-fuerza que anima todo el proyecto es la frase de Fidel: "Hay que salvar a la humanidad. Hay que empezar ya" (Castro, 1992), y su esencia medular la Batalla de Ideas, que tanto promovió como la herramienta fundamental de resistencia y lucha de los países del sur.
El capítulo cubano resultó ser uno de los más activos de la red; acompañó a todos los demás en la coordinación de campañas, llamamientos, declaraciones, la creación de herramientas de comunicación alternativa, etc. Adicionalmente, llevó a cabo actividades organizativas cuyo fin fue aislar las políticas imperialistas y rechazar el bloqueo contra Cuba. Sistemáticamente, se organizaron encuentros en Tijuana, México, con personalidades, sobre todo de Estados Unidos y Canadá, para planear acciones dentro del propio territorio de Estados Unidos. Como parte de esta labor, se trabajó, en coordinación con grupos de solidaridad de la nación norteña, amigos dentro del sector cultural y productores de Hollywood cercanos para promover la liberación de los cinco compañeros cubanos entonces injustamente presos en Estados Unidos por luchar contra el terrorismo (REDH, Capítulo cubano, s. f.). Además de los conocidos comunicados y otros recursos, se organizaron encuentros culturales de impacto que sirvieron de soporte concreto y vehículo de amplia convocatoria.
Casi siempre que se producía una visita o encuentro de miembros de la Red en Cuba, Fidel aprovechaba la oportunidad para tener largas conversaciones con ellos sobre los más disímiles temas sociales, económicos y de política internacional, prolongando así esa vocación de diálogo sin guiones que había caracterizado cada uno de sus encuentros, desde Sartre hasta Miller.
Del seno de la Red surgieron proyectos de gran envergadura. Fue lanzada en ese marco en 2005, Telesur, el canal multiestatal de noticias latinoamericano concebido como alternativa a la desinformación de las grandes cadenas, y el Premio Libertador al Pensamiento Crítico, que estimula la producción de pensamiento emancipador en Nuestra América. La Red se reconoce heredera del discurso de Fidel en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo en Río de Janeiro (1992), donde alertó proféticamente sobre los peligros que acechan a la humanidad (Castro, 1992). En 2012, con motivo de la conferencia Río+20, circuló un mensaje que abría con sus palabras, respaldado por personalidades como Oscar Niemeyer, Walter Salles, Beth Carvalho y Leonardo Boff (REDH, 2012).
La vitalidad actual de la REDH quedó documentada en octubre de 2025, cuando el Capítulo Cubano y miembros internacionales se reunieron en La Habana con el presidente Miguel Díaz-Canel, en "el mejor de los homenajes a Fidel en el año de su centenario" (Paredes López, 2025). Abel Prieto evocó la gestación de la red y subrayó los desafíos vigentes: movilizar a la opinión pública internacional y generar un pensamiento crítico que desmonte las campañas de mentiras.
6. El legado de una estrategia
La trayectoria analizada permite sostener que la política cultural cubana, concebida y liderada personalmente por el Comandante en Jefe Fidel Castro, tuvo en la proyección internacional uno de sus ejes más originales, fecundos y estratégicos. Comprendió con una lucidez excepcional que la extraordinaria capacidad de influencia de la cultura cubana —su música, su cine, su literatura, su ballet, sus artes plásticas, su deporte, su ciencia—, sumada a su propia autoridad intelectual, su carisma personal y su disponibilidad casi ilimitada para el diálogo, podía convertirse en un arma estratégica para contrarrestar el bloqueo, quebrar el cerco informativo y aislar internacionalmente a sus promotores.
Por eso dedicó innumerables horas a los intercambios culturales de todo tipo. Sabía por experiencia propia que cada hora invertida en ese diálogo directo rendía frutos incalculables en la erosión de los estereotipos y en la construcción de una solidaridad informada y comprometida. Cada estudiante estadounidense que regresaba de Cuba con una experiencia transformadora, cada artista que colaboraba con sus pares cubanos y testimoniaba luego esa experiencia, cada intelectual que visitaba la isla y escribía sobre lo que había visto, cada religioso que traía ayuda humanitaria y denunciaba el bloqueo, cada congresista que negociaba acuerdos comerciales, era un eslabón más en la cadena de solidaridad que erosionaba la base social y política del bloqueo.
La cultura no era para Fidel instrumento de propaganda, sino expresión de soberanía: espacio donde la humanidad compartida se imponía sobre la hostilidad. La paradoja cubano-estadounidense encierra una lección: cuando la cultura fluye libremente, las murallas del bloqueo caen ante la creatividad y el reconocimiento mutuo. Es absurdo persistir en impedir el contacto humano, temer al diálogo y preferir el conflicto a los puentes.
La estrategia desplegada por Fidel a lo largo de más de medio siglo demostró que la cultura es el puente más sólido, más resistente y más eficaz, y que incluso en los momentos de mayor hostilidad política, cuando las relaciones diplomáticas están rotas y el bloqueo se endurece, los pueblos encuentran caminos para reconocerse, dialogar y construir juntos espacios de encuentro y solidaridad. Ese es el legado que hoy, en el centenario de su nacimiento, debemos continuar y profundizar, convencidos de que la cultura seguirá siendo una trinchera fundamental y nuestro mejor pasaporte hacia el mundo.
Esta es una herencia imperecedera y lección fundamental para la política exterior de la Revolución Cubana.
Referencias bibliográficas
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