Cuadernos de Nuestra América/Nueva Época/No. 020 /julio-septiembre, 2026/
RNPS: 2529 /ISSN: 2959-9849/ 142 pp.

Factores que podrían forzar una moderación de la “máxima presión” de Trump

Drivers that could force a moderation of Trump’s “maximum pressure” policies

Prof. Fulton T. Armstrong

Profesor Adjunto e Investigador Senior
American University and Syracuse University
Washington D. C.

e-mail: fultona@american.edu

ORCID: 0009-0009-2356-1568

Fecha de recepción: julio de 2026
Fecha de aprobación: agosto de 2026
Fecha de publicación: septiembre de 2026

Este artículo es una versión actualizada de la presentación del mismo nombre realizada por el autor el 17 de diciembre de 2025 en la XXIII Edición de la Serie de conversaciones “Cuba en la política exterior de los Estados Unidos”. Fue traducido al español por el consejo editor de la revista

Resumen

La Administración Trump no ha enfrentado oposición seria a la continuación y profundización
de sus políticas de "máxima presión," incluido un bloqueo petrolero, para lograr un "cambio de régi-
men" en Cuba. Partidarios de la normalización impulsada por Barack Obama y Raúl Castro han señalado que las políticas van en contra de intereses nacionales de Estados Unidos (EE. UU.), pero sus argumentos han caído en oídos sordos. La burocracia gubernamental se ha alineado con aparente fervor y el Congreso ha renunciado a su responsabilidad de supervisar esta política. La mayoría de los expertos y medios de comunicación no señalan el daño al pueblo cubano ni cuestionan los relatos falsos de la administración. No obstante, los esfuerzos de reforma cubanos, si se implementan, evidenciarán la responsabilidad de EE. UU., y podrían alimentar el debate en Washington. Además, otros factores ­—entre ellos los problemas económicos y las prioridades contrapuestas— podrían obligar a Washington a cambiar de rumbo.

Palabras clave: Trump, presión máxima, oposición, dinámica, cambio.

Abstract

The Trump Administration has not faced serious opposition to continuing and deepening its "maximum pressure" policies, including an oil blockade, to achieve "regime change" in Cuba. Supporters of normalization promoted by Barack Obama and Raul Castro argue these policies go against US interests, but their arguments have fallen on deaf ears. The bureaucracy has aligned with apparent fervor, and Congress has abdicated oversight. Most experts and media do not point out the harm to Cubans nor question the Administration's false narratives. However, Cuba's reform efforts, if implemented, will expose US responsibility and could fuel debate in Washington. Additionally, other factors – including US economic problems and competing priorities – could force a change of course.

Keywords: Trump, maximum pressure, opposition, dynamics, change.

Hasta el momento, la administración Trump ha enfrentado poca o ninguna oposición a la continuación y profundización de sus políticas de "máxima presión" para lograr un "cambio de régimen" en Cuba. De hecho, las reacciones han sido moderadas incluso cuando la administración ha estrechado el cerco, primero sobre Venezuela, particularmente con la acción militar, el golpe de Estado y la extradición del presidente Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, y luego con la imposición de un bloqueo petrolero y sanciones cada vez mayores contra Cuba. Estamos presenciando una escalada significativa de los esfuerzos para desmantelar Cuba, como parte de lo que el exasesor de Seguridad Nacional John Bolton, artífice original de la actual política de la administración Trump hacia América Latina durante su primer mandato, denominó la "Troika de la Tiranía".

Las reacciones en Estados Unidos ante esta escalada política y la falta de beneficios tangibles para los intereses nacionales estadounidenses han sido mínimas. De hecho, si bien la Administración no ha ocultado su intención de "apropiarse de Cuba" y convertirla en lo que funcionarios de diversos niveles de la burocracia y el liderazgo denominaron un "estado fallido", las pocas voces que señalan las consecuencias negativas, muy tangibles, de que Estados Unidos provoque un colapso económico, escasez de alimentos, cierre de hospitales y mayor sufrimiento para el pueblo cubano, son silenciadas. Algunas de esas voces han abogado por cambios en las políticas, pero no han cuestionado los argumentos de noticias falsas en los que la Administración basa sus acciones. Sin embargo, los problemas económicos de Estados Unidos, las prioridades contrapuestas en política exterior y otros factores podrían obligar a la Administración a rendir cuentas, especialmente a medida que aumentan las pruebas de que las políticas actuales son contraproducentes.

La palabra "podría" resulta débil en el análisis, pero sería demasiado arriesgado decir "lo hará" o incluso "probablemente lo hará" en este momento. Esto se debe, en parte, a que esta es la Administración más opaca y poco consultiva de nuestra vida. (Trabajé durante más de 30 años en diversos puestos en la comunidad de inteligencia, el Departamento de Estado, la Casa Blanca y el personal del Congreso). Los observadores y analistas carecemos de información fidedigna sobre sus deliberaciones y nos vemos obligados a observarlas desde fuera de un muro casi impenetrable. Los rumores que ocasionalmente escuchamos sobre lo que se considera debate político son apagados, autocensurados y, por lo general, manipuladores. Los burócratas estadounidenses, si bien ejecutan fielmente las políticas presidenciales, tradicionalmente han permitido cierto flujo de información, hasta ahora. Dicho esto, quienes estamos fuera no somos ingenuos, y no es difícil ver lo que la administración ha hecho, está haciendo y las opciones futuras para las que se está preparando.

Desde fuera, podemos afirmar con seguridad que el secretario de Estado Marco Rubio, quien ocupa los dos puestos más importantes de política exterior en la Administración, es la voz más influyente en la política hacia América Latina. El presidente Trump se pronuncia ocasionalmente sobre Cuba, y en marzo declaró notoriamente: "Creo que tendré el honor de tomar Cuba [...] ya sea liberándola o tomándola. Creo que puedo hacer con ella lo que quiera". Las palabras del enviado especial Richard Grenell y del subsecretario de Estado Christopher Landau se escuchan a veces a través de la pared. Pero es el secretario Rubio —quien ha construido su carrera política de tres décadas oponiéndose al gobierno de Cuba y, en los últimos años, al de Venezuela— el que parece tener un fuerte impulso para perseguir sus ambiciones hacia ambos países. Los medios estadounidenses son cautelosos, pero incluso ellos han llamado a Rubio "el virrey" de Venezuela.

Los activos de la administración

Rubio cuenta con el respaldo de una burocracia del Departamento de Estado que, durante décadas, ha sido mayoritariamente partidaria de la Doctrina Monroe y casi siempre arribista. Muchos funcionarios se estremecieron cuando Bill Clinton pidió disculpas a Guatemala por los excesos de Estados Unidos y Barack Obama declaró muerta la Doctrina Monroe y afirmó que Latinoamérica y el Caribe no eran nuestro "patio trasero", sino más bien nuestra vecindad de socios. Incluso el proceso de normalización iniciado en diciembre de 2014 por el presidente Obama y el presidente Raúl Castro —que durante dos años fue una moda pasajera a la que muchos de nuestros burócratas se subieron— se abandonó como una papa caliente en cuanto cambiaron los vientos políticos en Washington con la primera elección de Trump en noviembre de 2016. Nuestros burócratas, comprensiblemente, buscan conservar sus puestos y avanzar en sus carreras, pero esta generación lo ha hecho con sorprendentes compromisos éticos.

Rubio también cuenta con el apoyo de los beneficiarios de los numerosos programas de "promoción de la democracia" que dirigió durante años en el Senado estadounidense. Durante mi etapa como asesor principal del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, los senadores Bob Menéndez —actualmente encarcelado por corrupción— y Rubio, fueron informados y tuvieron voz en la decisión sobre millones de dólares en subvenciones y contratos que, según el personal de la Agencia de Estados
Unidos para el Desarrollo (USAID, por sus siglas en en inglés), eran "demasiado delicados" para compartirlos con el presidente del comité, John Kerry —decían que "la gente moriría" si el presidente y yo fuéramos informados. Debido a la naturaleza clandestina y encubierta de los programas de cambio de régimen, no podemos saber quiénes son la mayoría de estos beneficiarios ni cuántos millones han recibido, ni siquiera cuánto dinero sale alguna vez de Miami, Madrid, Praga u Oslo; pero vemos su poder en el uso de "periodistas independientes" que nos inundan con información —real o falsa— que sirve a la agenda de sus benefactores, incluso mientras el Gobierno estadounidense intenta llevar a Cuba al fracaso total.

La administración Trump también se beneficia de su dominio prácticamente indiscutible de la narrativa sobre Cuba, incluyendo sus acusaciones de que Cuba llevó a cabo los llamados "ataques sónicos" contra diplomáticos estadounidenses (nunca respaldadas ni siquiera con pruebas fabricadas); que Cuba apoya a terroristas (lo cual la comunidad de inteligencia estadounidense ha desmentido durante décadas); que Cuba permite que China y Rusia operen "bases de espionaje" dirigidas contra Estados Unidos, utilizando antenas que datan de la Segunda Guerra Mundial; que el gobierno participa en el "tráfico de personas" de médicos que trabajan en otros países (la mayoría de los cuales, a pesar de muchos años de un programa estadounidense de "desertores médicos" para reclutarlos y que se rebelen contra su gobierno, han permanecido leales); y que Cuba participa en otras actividades "malévolas". Washington también ha mostrado una obsesión por destruir GAESA, la corporación dirigida por militares que administra algunas de las empresas gubernamentales más exitosas, sin reconocer que su secretismo es necesario debido al embargo/bloqueo estadounidense.

Que la administración promueva estos memes y tópicos es natural; todos los gobiernos lo intentan. Gran parte de las noticias falsas de la Administración son débiles y demostrablemente falsas, pero tienen poder porque pocos en la comunidad política, los medios de comunicación y la academia están dispuestos a cuestionarlas. Una búsqueda en Google de los nombres de expertos en América Latina que han cuestionado las narrativas falsas revela el problema. (Por otro lado, Belly of the Beast, que realiza periodismo documental y, a diferencia de los "medios independientes" financiados por Estados Unidos, no recibe financiación de ningún gobierno, ha estado desmantelando las narrativas de noticias falsas estadounidenses). Incluso en lo que llamamos "la América profunda", estas narrativas están arraigadas en la mente de la gente, borrando las reacciones tradicionales de sentido común de quienes se preguntan por qué aún mantenemos un embargo de 64 años contra un país diminuto que no representa ninguna amenaza. Esto es una victoria para el Departamento de Estado, donde los burócratas ridiculizan a los especialistas y periodistas que no los cuestionan.

Otro gran punto a favor de la administración es que Cuba y América Latina ocupan un lugar bajo en las prioridades de la mayoría de los estadounidenses, lo que libera a las políticas de una atención constante. Una revisión de las reacciones, incluso entre nuestros expertos en América Latina, hacia la vigorosa reafirmación de la Doctrina Monroe por parte de la administración —o lo que la Casa Blanca llama su "Corolario Trump"— explica por qué la Administración cree tener luz verde para seguir adelante. Un vistazo a las reacciones al castigo de Washington al presidente brasileño Lula da Silva por no detener la necesaria acción penal de los tribunales brasileños contra su predecesor, Jair Bolsonaro, la intervención del presidente Trump en las elecciones argentinas, sus sanciones contra Colombia cuando el presidente Petro cuestionó algunas prácticas de deportación estadounidenses, las amenazas contra Honduras si el candidato preferido de Trump no ganaba sus recientes elecciones (lo hizo), la adulación a las acciones inconstitucionales del presidente Bukele y los campos de prisioneros en El Salvador, y la lista continúa.

Los medios estadounidenses, como si estuvieran desesperados por demostrarle a la administración que existe al menos una heroína latinoamericana a la que admiran, durante mucho tiempo colocaron a la activista política venezolana María Corina Machado, apadrinada en Estados Unidos, en un pedestal tan alto que parecen ignorar la desinformación que ha difundido sobre cárteles y "narcoterroristas" inexistentes, así como las profundas divisiones que ha provocado con otros activistas con mayor experiencia. También parecen ignorar la importancia de que un político latinoamericano inste a la intervención militar estadounidense en su país. Cabe destacar que The New York Times ha documentado el alcance del bloqueo petrolero estadounidense a Cuba y su impacto humanitario, pero la mayoría de los medios parecen temer abordar el tema. Siguen promoviendo análisis antiguos que enfatizan, no siempre sin razón, que el gobierno cubano perdió oportunidades pasadas para realizar reformas económicas —fallando incluso en llevar a cabo las medidas acordadas en un Congreso del Partido
hace 15 años—, pero al mismo tiempo parecen deseosos de ignorar los esfuerzos de Estados Unidos por obstaculizar dichas reformas —como al poner fin al proceso de normalización de Obama— y, de manera más dramática, la constante escalada de la "máxima presión".

Las distracciones y (posibles) vulnerabilidades de la administración

Todavía no hay indicios de que las políticas de Trump y Rubio hacia Cuba vayan a enfrentar una oposición fuerte y sostenida. Si bien cualquier analista serio puede identificar enormes diferencias entre Cuba y Venezuela, el ataque a esta última en enero sigue siendo un punto de referencia que la administración utiliza como prueba de que Estados Unidos puede derrocar gobiernos con facilidad e impunidad. Sin embargo, varios factores, incluidas importantes distracciones tanto a nivel nacional como internacional, podrían empezar a obligar a la administración a moderar, o al menos a disimular, parte de su entusiasmo.

Dejo las predicciones económicas a los economistas, pero es evidente que la economía estadounidense no está funcionando como afirma la administración. La inflación de Biden ahora es la de Trump, agravada por el alza de los precios del petróleo provocada por la guerra de Trump contra Irán. Las actuales cifras de empleo e ingresos, que se encuentran rezagadas, son responsabilidad de Trump, al igual que el creciente descontento por la brecha entre ricos y pobres. Puede que las políticas comerciales de Biden no hayan sido brillantes, pero los aranceles de Trump están teniendo un impacto tan fuerte que ha autorizado miles de millones en compensaciones a los agricultores afectados por las contramedidas chinas. No tiene respuesta ante el inminente aumento de los costos de la atención médica. Su solución ha sido intentar manipular los datos y controlar la Reserva Federal, pero eso no aumentará la productividad ni pondrá comida en la mesa. En algún momento, se verá obligado a ser más transparente sobre los costos de sus aventuras en Venezuela e Irán. Por ejemplo, se estimó que mantener la Armada estadounidense frente a las costas de Venezuela durante meses a finales de 2025 costaría unos diez millones de dólares diarios. Y en algún momento, tendrá que rendir cuentas en las urnas. Las elecciones de mitad de mandato de noviembre podrían (repito la palabra con vergüenza) cortarle las alas.

La política exterior de la administración también está fracasando, lo que en circunstancias normales justificaría una mayor cautela en lugar de una mayor distracción. Al momento de escribir esto, el ataque no provocado de Trump y el primer ministro israelí Netanyahu contra Irán se perfila como un rotundo fracaso, o posiblemente como otra "guerra interminable" similar a aquellas en las que el presidente juró que nunca participaría. Los esfuerzos de la administración por presionar a China en materia comercial, asegurar la paz en Ucrania, imponer un alto el fuego en Gaza y bloquear la anexión israelí de Cisjordania, y coaccionar a Europa Occidental para que adopte una postura autoritaria, han fracasado hasta ahora.

Además, Trump se jactó de haber traído la paz a la frontera entre Camboya y Tailandia, que sigue tan tensa como siempre. Se enfrenta al mismo fracaso en el conflicto entre Ruanda y el Congo. Más cerca de casa, los problemas en Venezuela se han disimulado en gran medida, pero las causas subyacentes de la inestabilidad persisten. Las investigaciones sobre los ataques con misiles contra presuntos narcotraficantes en el Caribe, sin el debido proceso continúan, lo que provoca que los aliados de Estados Unidos se distancien cada vez más.

Fracasos como estos suelen generar más distracciones; el temor de Trump a ser visto como un cobarde respalda este escenario. Sin embargo, en algún momento, la baja probabilidad de éxito en el horizonte podría obligarlo a ser prudente. Su sueño y el de Rubio ha sido provocar el colapso del estado cubano sin tener que lidiar con las consecuencias, pero la creciente perspectiva de un desastre humanitario, una migración masiva y otros inconvenientes debería persuadirlos a ser cautelosos. Rubio sería la víctima más probable en tal crisis, dejando a la administración sin el artífice de la implementación del proyecto de la "Troika de la Tiranía" de John Bolton. La insistencia en derrocar a Cuba casi con seguridad continuaría después de Rubio, pero Trump y los demás miembros de la cúpula estadounidense serían mucho más propensos a reconocer que el colapso del régimen fue un paso demasiado arriesgado y, por lo tanto, a llegar a un acuerdo con La Habana.

Los partidarios de la normalización podrían impulsar cambios en las políticas, pero deben perfeccionar sus habilidades políticas. Los demócratas prácticamente no se ponen de acuerdo ni en la hora del día, y mucho menos en políticas importantes, y muchos en la cúpula del partido están comprometidos con las mismas fuerzas que influyen en los republicanos. El presidente Joe Biden fue presidente durante cuatro años y, salvo por algunos retoques superficiales e ineficaces en la política hacia Cuba, mantuvo intacta la gran mayoría de las medidas de máxima presión del primer mandato de Trump. El equipo de Biden ni siquiera cuestionó la decisión de Trump, tomada pocos días antes de que Biden asumiera el cargo, de volver a incluir a Cuba en la lista del Departamento de Estado de "estados patrocinadores del terrorismo", a pesar de que Obama, bajo cuyo mandato Biden fue vicepresidente, declaró que no había pruebas que justificaran dicha designación. La administración Biden demostró una ignorancia deliberada sobre Cuba y una profunda falta de valentía, e incluso los supuestos partidarios comprometidos de la normalización fuera del gobierno se negaron a exigir una política.

En mi entorno, los conservadores decían que los progresistas "predican mucho, pero no actúan". Instan a cambios en las políticas, pero se resisten a cuestionar los argumentos en los que se basan las políticas actuales. No percibo un resurgimiento de este tipo ahora, pero existe una probabilidad considerable de que, a medida que las promesas de la administración se desvanezcan, los buenos periodistas se cansen de las noticias falsas y exijan a los progresistas una perspectiva que contrarreste sus ideas.

Cuba y los cubanos no se rinden

Es importante señalar, además, que si bien Cuba es objeto de las políticas de "máxima presión" y, comprensiblemente, se preocupa por mantener la producción y los servicios que estas políticas atacan, el gobierno también podría refutar mejor las narrativas que alimentan el debate en Washington. Demostrar la negación de ciertas afirmaciones —por ejemplo, que las acusaciones de "ataques sónicos" son falsas— suele ser imposible, pero las investigaciones pueden ayudar a obligar a los acusadores a presentar pruebas. El enfoque científico de Cuba ante esas acusaciones fue profesional, coherente, transparente y eficaz. Al final, la comunidad de inteligencia estadounidense admitió que las acusaciones eran falsas, pero la resonancia de las acusaciones iniciales aún persiste. Al momento de escribir este artículo, circulan rumores en Washington de que la administración Trump está presionando a los oficiales de inteligencia para que reabran las acusaciones sobre algún tipo de ataque, pero sin que esté involucrado el gobierno cubano.

El clamor de "colapso del régimen" en Washington se intensifica, pero la supervivencia de Cuba lo socavará una vez más. Los grupos de derecha en Estados Unidos han paralizado las deliberaciones gubernamentales sobre Cuba durante décadas, argumentando que la "victoria" es inminente. Analistas han predicho repetidamente el colapso del régimen, conscientes de que incluso los políticos más sensatos temen abordar un tema tan delicado como Cuba cuando alguien les advierte que la "fruta madura" está a punto de caer del árbol. Es una postura burocráticamente segura y profesionalmente lucrativa para los partidarios de Trump; equivocarse al criticar a Cuba no supone ningún costo para la burocracia.

Los problemas de Cuba con la alimentación, la energía y otros servicios básicos alimentan la percepción del gobierno de que sus políticas de "máxima presión" están dando resultado —esto también ocurrió durante la administración Biden, que intentó argumentar que las protestas de julio de 2021 marcaron un punto de inflexión y que la canción Patria y Vida se convertiría en el himno de una nueva era. Los responsables políticos y burócratas no se equivocan del todo al afirmar que sus políticas funcionan —el sufrimiento del pueblo cubano, en efecto, está aumentando—, pero su escenario se basa en la lógica errónea de que ese mismo pueblo se levantará o incitará a las fuerzas armadas cubanas a sublevarse para derrocar al gobierno. Esa lógica errónea le falló a Estados Unidos en Bahía de Cochinos, y es igualmente improbable que funcione en el escenario actual.

Existen indicios —imposibles de cuantificar— de que los esfuerzos estadounidenses por generar desesperación entre la población cubana, si bien no bastan para provocar un levantamiento, sí están creando cierto apoyo o tolerancia hacia una acción militar estadounidense para derrocar al gobierno. Aunque las políticas estadounidenses son la causa inmediata del mayor sufrimiento, la estrategia de la administración consiste en plantear a los cubanos una dolorosa disyuntiva: morir de hambre bajo las sanciones estadounidenses contra el actual régimen, o recibir algún alivio mediante la intervención estadounidense y preocuparse posteriormente por las consecuencias para la soberanía, la estabilidad y la integridad de Cuba. Si bien los medios financiados por Estados Unidos exageran el apoyo a esta última opción, la información anecdótica apunta innegablemente a su existencia en algunos sectores.

Estas imágenes, sin embargo, no necesariamente apuntan al cumplimiento del sueño estadounidense de un país purgado de doctrina revolucionaria y socialista, y afín a los planes de Washington y Miami. La historia ha demostrado que la solidaridad cubana a veces flaquea, pero las amenazas a la esencia de la identidad nacional y la independencia son bombas de tiempo para cualquier poder gobernante impuesto o respaldado por Estados Unidos. Las fuerzas políticas más probables que surjan en caso de una intervención estadounidense no se doblegarán ante Washington y Miami, y probablemente pocos cubanos aceptarían un régimen que fuera instaurado por Estados Unidos. Si bien es posible que no se enfrenten a los sucesores en el campo de batalla, tienen otras maneras de obstaculizar los planes estadounidenses. Las mismas personas que mantienen en circulación Chevrolets de 1957 con percheros y piezas caseras tendrán formas ingeniosas de sabotear a los poderes que no tomen en cuenta sus intereses nacionales.

Cuanto más claramente perciba Washington estas desventajas, más probable será que el debate en la capital estadounidense se vuelva más realista, deje de lado las fantasías y se centre en la realidad de que el cambio evolutivo, en lugar del colapso del régimen, es lo que mejor sirve a los intereses de Estados Unidos.

Tanto antes como después de la actual ronda de políticas de "máxima presión" estadounidenses, el gobierno cubano ha demostrado ser consciente de la necesidad de un cambio económico sistémico, y los funcionarios saben que el cambio económico implica un cambio político. Las 176 "Transformaciones Económicas y Sociales" que el gobierno cubano lanzó en junio y julio pasados prometen un cambio estable que mejorará las condiciones económicas, sociales y políticas, siempre y cuando el gobierno cubano se mantenga fiel a su compromiso y Estados Unidos elimine los obstáculos.

Estados Unidos invierte entre 50 y 60 millones de dólares anuales en sofisticadas campañas en redes sociales y otros medios para impulsar su narrativa y bloquear este cambio evolutivo. Sin embargo, quienes hemos observado a Cuba en acción durante décadas creemos que Cuba aceptará los desafíos. Y que, a medida que Cuba supere sus retos, podrá y logrará cambiar la historia.

No podemos negar la fuerza de las políticas de "cambio de régimen" de la administración Trump, pero esas políticas pueden revertirse.